100×140

Clase V: 5/9/19

Segunda clase de la asignatura

Sentirse totalmente libre es increíble. Y, además, no es algo muy habitual. Sin embargo, en la segunda clase de DAI es como terminé sintiéndome.

Comenzamos la clase aprendiéndonos los nombres del resto de compañeros. Era la primera vez que lo hacíamos en tres días de clases. Una vez los conocíamos todos, continuamos con la primera actividad en la que comencé a sentirme libre: movernos por el espacio de la clase. Durante un tiempo simplemente caminamos por el enorme aula, pero más tarde empezamos a hacer pausas en las que cerrábamos los ojos y nos parábamos a escuchar los sonidos de la clase y sentir lo que había a nuestro al rededor.

Las siguientes actividades fueron muy variadas. Jugamos con cuerdas imaginarias elásticas y rígidas y algunos hicieron de pájaros en una bandada.

Entonces volvimos a cambiar de actividad. Antes de continuar, no obstante, vimos varios vídeos de dos artistas y sus performances e inspirarnos para lo que íbamos a hacer después. Llego, ahora sí, el momento de usar el enorme papel de 140×100 (compuesto por dos de 100×70) y tumbarnos sobre él.

Sin embargo, todavía no era la hora de pintar. Todavía no. Primero teníamos que sentir ese papel sobre el que estábamos. Sentir nuestro cuerpo sobre él. Nuestros micro-movimientos. Ser conscientes de todo. Y entonces, y solo tras haberlo conseguido, solo entonces cogimos ya un carboncillo en cada mano.

Íbamos a ocupar las dos caras y cada una sería distinta. La primera cara la haríamos siguiendo el mismo modo que empleó el primer artista que vimos antes: formas simétricas que seguían un ritmo armónico y parecían ser premeditas y más perfectas. Con los ojos cerrados, yo cogí un carboncillo en cada mano y me puse a dibujar el símbolo de infinito una y otra y otra y otra vez hasta que mi mano cogió el ritmo y comenzó a extenderse al rededor de mi cuerpo, sentado en el centro sobre el papel, por si sola.

Tras un paseo observando el resto de trabajos, dimos la vuelta al papel enorme: era el turno de la segunda cara. Llego la hora de agarrar los carboncillos y pintar en el papel como nos diese la gana, reflejando incluso el espacio y la trayectoria que el carboncillo seguía hasta trazar la línea. Yo, inspirándome en el vídeo de la segunda artista, me puse en varias ocasiones el carboncillo entre los dedos del pie y comencé a moverme libremente sobre el papel. Si ya el dibujo anterior me había hecho sentirme libre y al mismo tiempo relajado, este intensificó todavía más esto que sentía. Era más libre todavía. Mis manos, mis pies… ya no era conscientes de ellos. Se movían como querían.

Y podría parecer que así acabamos la clase, pero no. Hicimos algo más. La mitad de la clase se puso frente al dibujo de uno de la otra mitad. En mi caso, Pepe me vio acabar mi diseño. Y tras un rato observando, intercambiamos los papeles. Él se puso encima de mi papel y dibujó inspirándose en lo que yo le había enseñado antes. Así, conseguimos terminar un dibujo con todavía más personalidad, compuesto por trazos distintos pero iguales al mismo tiempo y en el que no importaba tanto el resultado final, sino el proceso de creación. El proceso en el que ambos nos habíamos puesto sobre la enorme lámina y habíamos dibujado sintiendo el espacio, sintiéndome (yo al menos) libre.

Así, acabamos una clase que podemos concluir que fue sorprendente, extraña y al mismo tiempo divertida, interesante e incluso relajante. Me sentí libre, pero también contento por todo lo que conseguí. Me encantó pintar con los pies y, al final, ni siquiera me importó que acabásemos veinte minutos más tarde.

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