Polvos mágicos

Dibujos con polvo de Sanguina

El procedimiento para dibujar con sanguina es simple. Se coge polvo con la mano y se extiende por el papel. Y hacerlo es, sin duda alguna, un gustazo.

Fotografía del segundo dibujo

Ahora, no todo se reduce simplemente a coger polvo y extenderlo por el papel. Creo que es imprescindible comprender que la mano se convierte en nuestra herramienta fundamental de trabajo. Con nuestras manos hemos de sentir este fino y seco polvo rojo que usamos. Hemos de sentir el movimiento de nuestra mano sobre el papel, que, a fin de cuentas, se extiende a un movimiento del cuerpo entero. Un movimiento que nos permite llegar a todos los rincones para ocupar todo con nuestro dibujo.

Nuestras manos trazarán aquellos lugares más oscuros cuando dejemos que las palmas recorran el papel, pero también trazarán las finas lineas de la estructura si las desplazamos verticalmente sobre el papel o las zonas iluminadas si apoyamos delicadamente los dedos sobre el dibujo.

La primera vez que cogí polvo, he de admitir que lo hice con miedo. Era la primera vez y no sabía bien qué ocurriría. Sin embargo, una vez que ya comprobé lo estupendo que era, me lancé a hacerme con un considerable puñadito de sanguina y lo espolvoreé sobre el dibujo y mis manos. Comencé entonces a pintar.


Cuando extiendo la sanguina por el papel y siento el papel, siento también la estructura que estoy plasmando, la tela que envuelve a las sillas. Siento las zonas sombreadas y las dibujo.

Cierro un ojo. Veo una zona en sombra. Miro el papel. Encuadro. Cojo sanguina y… PAM. Llevo la mano a la zona en sombra (cualquier zona y cualquier punto de dicha zona) y extiendo. Extiendo hasta cubrir la zona en sombra. Muevo mi torso sobre la carpeta para acompañar a mis manos hasta que hayan cubierto todo el espacio oscuro y me paro. Vuelvo a observar la estructura. El dibujo. La estructura. Delicadamente, dibujo las zonas claras y sigo. No paro porque mi cuerpo ya está trabajando a un ritmo y sigo expresando esas zonas claras y oscuras, esas lineas primordiales. Dejo que mi mano se mueva.


Pintar con sanguina es como extender arcilla, seguro (haciendo menos esfuerzo y sin estar húmeda, eso sí). Y aunque puede que no de la misma forma, los hombres primitivos ya pintaban con polvos en sus cavernas, así que pintar con sanguina también es como hacer pinturas rupestres, en cierta medida, claro. Nosotros no pintaremos jabalíes, pero es curioso pensar que por un momento estamos pintando del mismo modo (o de forma muy parecida) en que lo hacían nuestros lejanos lejanos antepasados.

Además, al pintar con las manos uno es capaz de sentir lo que está dibujando. Creo que ya me repito, pero es que es así cómo lo siento. Pintar con el cuerpo es sentir el dibujo que haces.

Fotografía del primer dibujo

En definitiva, no creo que haya que limitarse a coger polvo con la punta de los dedos y delimitar nuestra creación, sino que hay que lanzarse a sentir el papel con las manos llenas de sanguina y con ellas dibujar los espacios oscuros, detallar los claros y delinear las lineas primordiales mientras haciéndolo sentimos cómo estamos plasmando nuestra estructura, cómo estamos recorriendo su superficie sin estar haciéndolo en realidad.

La mano sintiendo el papel…

Eres libre. Lánzate. Dibuja.

Siente.

100×140

Clase V: 5/9/19

Segunda clase de la asignatura

Sentirse totalmente libre es increíble. Y, además, no es algo muy habitual. Sin embargo, en la segunda clase de DAI es como terminé sintiéndome.

Comenzamos la clase aprendiéndonos los nombres del resto de compañeros. Era la primera vez que lo hacíamos en tres días de clases. Una vez los conocíamos todos, continuamos con la primera actividad en la que comencé a sentirme libre: movernos por el espacio de la clase. Durante un tiempo simplemente caminamos por el enorme aula, pero más tarde empezamos a hacer pausas en las que cerrábamos los ojos y nos parábamos a escuchar los sonidos de la clase y sentir lo que había a nuestro al rededor.

Las siguientes actividades fueron muy variadas. Jugamos con cuerdas imaginarias elásticas y rígidas y algunos hicieron de pájaros en una bandada.

Entonces volvimos a cambiar de actividad. Antes de continuar, no obstante, vimos varios vídeos de dos artistas y sus performances e inspirarnos para lo que íbamos a hacer después. Llego, ahora sí, el momento de usar el enorme papel de 140×100 (compuesto por dos de 100×70) y tumbarnos sobre él.

Sin embargo, todavía no era la hora de pintar. Todavía no. Primero teníamos que sentir ese papel sobre el que estábamos. Sentir nuestro cuerpo sobre él. Nuestros micro-movimientos. Ser conscientes de todo. Y entonces, y solo tras haberlo conseguido, solo entonces cogimos ya un carboncillo en cada mano.

Íbamos a ocupar las dos caras y cada una sería distinta. La primera cara la haríamos siguiendo el mismo modo que empleó el primer artista que vimos antes: formas simétricas que seguían un ritmo armónico y parecían ser premeditas y más perfectas. Con los ojos cerrados, yo cogí un carboncillo en cada mano y me puse a dibujar el símbolo de infinito una y otra y otra y otra vez hasta que mi mano cogió el ritmo y comenzó a extenderse al rededor de mi cuerpo, sentado en el centro sobre el papel, por si sola.

Tras un paseo observando el resto de trabajos, dimos la vuelta al papel enorme: era el turno de la segunda cara. Llego la hora de agarrar los carboncillos y pintar en el papel como nos diese la gana, reflejando incluso el espacio y la trayectoria que el carboncillo seguía hasta trazar la línea. Yo, inspirándome en el vídeo de la segunda artista, me puse en varias ocasiones el carboncillo entre los dedos del pie y comencé a moverme libremente sobre el papel. Si ya el dibujo anterior me había hecho sentirme libre y al mismo tiempo relajado, este intensificó todavía más esto que sentía. Era más libre todavía. Mis manos, mis pies… ya no era conscientes de ellos. Se movían como querían.

Y podría parecer que así acabamos la clase, pero no. Hicimos algo más. La mitad de la clase se puso frente al dibujo de uno de la otra mitad. En mi caso, Pepe me vio acabar mi diseño. Y tras un rato observando, intercambiamos los papeles. Él se puso encima de mi papel y dibujó inspirándose en lo que yo le había enseñado antes. Así, conseguimos terminar un dibujo con todavía más personalidad, compuesto por trazos distintos pero iguales al mismo tiempo y en el que no importaba tanto el resultado final, sino el proceso de creación. El proceso en el que ambos nos habíamos puesto sobre la enorme lámina y habíamos dibujado sintiendo el espacio, sintiéndome (yo al menos) libre.

Así, acabamos una clase que podemos concluir que fue sorprendente, extraña y al mismo tiempo divertida, interesante e incluso relajante. Me sentí libre, pero también contento por todo lo que conseguí. Me encantó pintar con los pies y, al final, ni siquiera me importó que acabásemos veinte minutos más tarde.